DeclaracionesFidel CastroInternacionalesPortada

Posición del Partido de la Liberación (PL) de Argentina en defensa de Fidel Castro y refutación de los trotskistas

Leyendo las declaraciones de los dirigentes trotskistas de Argentina tras la muerte de Fidel Castro queda claro que para ellos fue un líder “pequeño burgués” patriótico hasta mediados de la década del ’60 y luego devino en un “burócrata stalinista y bonapartista” que restauró el capitalismo en Cuba, desde entonces hasta su muerte. Esto en números concretos significaría un buen Fidel durante los primeros seis años de revolución y un Fidel pro-capitalista los restantes 51 años. Se trata de un enfoque típicamente trotskista y contrarrevolucionario, ajeno a la realidad que mostró a Fidel y Cuba como una misma cosa, socialista hasta la médula.

Voy a refutar las calumnias trotskistas pero quiero marcar que ni siquiera a la hora de la muerte, cuando el cuerpo de Fidel aún estaba tibio, el 26 de noviembre pasado, los trotskistas de Argentina se privaron de someterlo a todo tipo de críticas. Esas críticas son absolutamente incorrectas, pero además sus autores ni siquiera tuvieron una mínima contemplación con el líder fallecido.

Por ejemplo, el ex candidato a presidente por el FIT Nicolás del Caño, del PTS, puso en Twitter ese 26 de noviembre: “Murió Fidel. A pesar de nuestras diferencias llamamos a todos los jóvenes a estudiar su legado”. O sea, enumeró y puso en primer término sus diferencias. El orden de los factores en política altera el producto, señores trotskistas.

En esa misma línea de enfatizar las críticas, la dirigente del Nuevo MAS, Manuela Castañeira, tuiteó: “Murió Fidel Castro. Lamentablemente no llevó a Cuba al socialismo. Eso se logrará sólo con los de abajo en el poder”. Otra vez el cuestionamiento a Fidel como la prioridad, apenas abordado el tema de su fallecimiento.

Otros en este punto fueron algo más eclécticos, como Néstor Pitrola, del Partido Obrero, quien declaró:  “Fidel encarna la resistencia de 50 años al bloqueo imperialista, pero también la burocratización del partido único. Un balance ineludible”. A pesar de la oportunista mención a Fidel y la resistencia al bloqueo, ese diputado puso en el mismo plano, y seguramente superior si se analiza toda la posición del PO, ahora y en las décadas anteriores, la crítica al fidelismo. Ellos lo llaman “castrismo”, igual que se refiere el imperialismo.

En ese enfoque se nota la pérdida de valores leninistas que padecen los dirigentes trotskistas. Lenin, al referirse a la muerte de Rosa Luxemburgo, con quien había tenido diferencias al interior del marxismo y la revolución, dijo que esa mujer volaba alto, como las águilas, aunque a veces, con ciertos errores, su vuelo fuera bajo; pero era una águila y no una gallina, que no puede volar.

Para los trotskistas Fidel no era un águila. Para el Partido de la Liberación sí, y aún después de muerto, sigue volando muy alto.

 

Etapas de la revolución

¿Por qué tanto énfasis del trotskismo en criticar a Fidel y la revolución cubana?

Los motivos son varios. Quizás el principal sea que aquél encabezó una revolución nacional-democrática y popular en Cuba y la llevó a la victoria contra la dictadura de Fulgencio Batista. Y luego, inmediatamente, siguió profundizando esa revolución hasta proclamar en abril de 1961 su carácter socialista, que los trotskistas ponen entre comillas, “socialista”, asegurando que nunca fue tal.

De ese modo Fidel daba al traste con los enfoques seudo teóricos del trotskismo y la “revolución permanente”, que supuestamente debe ser socialista desde el inicio y sin etapas. En rigor todas las revoluciones tuvieron etapas, la rusa tuvo una democrática entre 1905 y febrero de 1917 para luego plantearse “todo el poder a los soviets” en octubre de ese año. Por eso Lenin escribió y fundamentó en 1905 “Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”. La revolución china también tuvo esa fase desde 1921 hasta 1949, cuando fue anti feudal y antiimperialista, para pasar al socialismo proclamado por Mao Tsé tung el 1 de octubre de ese último año, en la tribuna de Tiananmen. ¿Por qué no habría de tener etapas el proceso revolucionario cubano?

Otro motivo de inquina es que en Cuba hubo un método guerrillero, desde el intento de asalto al Cuartel Moncada hasta la lucha armada en Sierra Maestra y el triunfo de “los barbudos” sobre la dictadura proyanqui. Y los trotskistas, en particular los argentinos, son electoralistas al máximo. Nunca tiraron ni una piedra contra el sistema capitalista dependiente; sólo palabras, discursos y votos. No lucharon ahora ni en la década del ’70, en el tiempo de Cordobazos y guerrillas. De allí su particular discordancia con Fidel, todo un símbolo de la violencia revolucionaria como partera de la historia, del guerrillero que con apenas mil hombres derrotó al ejército batistiano de 40.000 soldados.

 

Fidel contra el trotskismo

Hay otras razones que pueden explicar la tirria trosca contra el comandante en jefe. En una nota firmada por Facundo Aguirre, del PTS, en Izquierda Diario, se dice: “En 1962 Fidel ordena la disolución de todas las tendencias revolucionarias en el Partido Unido de la Revolución Socialista, que en 1965 se transformara en el Partido Comunista de Cuba. Los trotskistas cubanos son detenidos a partir de 1962 y en 1965 su organización, el POR (T), es obligada a disolverse”.

Lo que oculta Aguirre son las razones por las que sus correligionarios cubanos fueron detenidos en 1962 y finalmente disueltos. Cuando en abril de 1961 el pueblo cubano bajo la dirección política y militar de Fidel abortó la invasión mercenaria de Bahía Cochinos, y luego en octubre de 1962, cuando la crisis de los misiles, EE UU estuvo a punto de bombardear la isla, y esos grupos trotskistas cubanos agitaron al pueblo para marchar y ocupar Guantánamo. Era una provocación que los yanquis esperaban para poder bombardear o invadir, y tratar de vengarse de la derrota humillante sufrida en Playa Girón.

Las campañas denigratorias del trotskismo contra Fidel vienen de los años ’60. Y el comandante los refutó en el discurso de clausura de la Primera Conferencia de Solidaridad con los Pueblos de África, Asia y América Latina, pronunciado el 15 de Enero de 1966 en el Teatro “Chaplin” de La Habana (Cuba Socialista, Nº 54, Febrero de 1966, pág 88-97).

Allí sostuvo Fidel: “En el número de octubre de 1965, el periódico Batalla, de los trotskistas españoles, declara que el misterio que rodea el caso del Che Guevara debe ser aclarado. Dice que amigos del Che suponen que la carta leída por Castro es falsa y se pregunta si la Dirección Cubana se oriente hacia una sumisión a la burocracia del Kremlin.

Por la misma fecha, aproximadamente, el órgano oficial trotskista de Argentina publica un articulo en el que asegura que el Che está muerto o preso en Cuba. Dice que “entró en conflicto con Fidel Castro por el funcionamiento de los sindicatos y la organización de las milicias”. Agrega que “el Che se oponía a la integración del CC con los favoritos de Castro, especialmente oficiales del ejercito, seguidores del ala derecha de Moscú”.

El título de este trabajo de Fidel lo dice todo: “El trotskismo: instrumento vulgar del imperialismo y la reacción”. Allí refuta la campaña mundial del trotskismo que lo acusaba de haber apartado y hasta asesinado al Che. En este punto el trotskismo coincide con las afirmaciones de Otto Vargas, dirigente del PCR, quien en su libro “¿Ha muerto el comunismo?” sostuvo que Tania la guerrillera era una agente de los servicios secretos de la Alemania Democrática y la KGB, y que llevó al Che a Bolivia para que lo asesinara la CIA yanqui.

En verdad Guevara había partido en 1965 a luchar contra el imperialismo y el colonialismo en el Congo, sin éxito, y estaba por volver a Cuba para reemprender otro viaje, esta vez hacia Bolivia. Lejos de abandonarlo, Fidel dio apoyo a esas campañas guevaristas, cumpliendo la promesa que le hiciera al Che cuando éste se incorporó al Movimiento 26 de Julio en México: él quería estar libre de regresar a luchar en Argentina, luego de una victoria en Cuba que sólo ellos dos y un puñado de revolucionarios juzgaba viable en 1956.

Los troscos son incorregibles. Si Fidel aparentemente abandonaba al Che, lo daban por cierto y lo criticaban por eso. Pero si luego se sabía que el Che estaba liderando una guerrilla en otro país, con apoyo de Fidel, entonces los trotskistas tildaban a Fidel y el Che de aventureros y “foquistas” y les imputaban llevar al fracaso la revolución en el mundo.

El otro motivo de arrastre de las campañas trotskistas contra Fidel fue que en su momento permitió que viviera en Cuba Ramón Mercader, el comunista barcelonés y gran luchador de la Guerra Civil Española, que había matado a Trotsky en 1940 en México. Para los trotskistas, Mercader era un vulgar asesino. En realidad lo mató cuando ya había estallado la II Guerra Mundial y era inminente la invasión nazi a la Unión Soviética, concretada en junio de 1941. Desde 1935 Stalin venía llamando a formar un Frente Unido Antifascista para enfrentar al nazismo, y los aliados eran renuentes a dicha alianza, peor aún, pacto de Munich de por medio (1939) empujaban a Hitler contra la Unión Soviética.

En esos años y sobre todo a partir de la creación de la IV Internacional trotskista, su dirigente exiliado en México se oponía a defender la URSS de la agresión hitlerista. Él y los grupos trotskistas planteaban que primero había que derrocar a la “burocracia stalinista” en la URSS como condición previa y necesaria para luego oponerse a Alemania.

En otras palabras, operaba como quintacolumnista que favorecía la agresión del III Reich contra la única patria socialista de entonces, la URSS.

Mercader mató a Trotsky, estuvo 20 años preso en México y recién salió en 1960, viviendo en forma alternada entre Moscú y La Habana, donde murió de cáncer en 1978. Que Fidel lo autorizara a vivir en la isla fue un gravísimo pecado para el trotskismo y eso que el líder cubano fue de los menos partidarios del stalinismo, según se puede leer en varias opiniones suyas, entre otros en el recordado reportaje de Ignacio Ramonet “Cien horas con Fidel”.  El Che Guevara, en cambio, fue muy admirador de Stalin. En este punto el Partido de la Liberación tiene más afinidad con el punto de vista guevarista.

 

Cuba es socialista

Fidel encabezó una revolución agraria, democrática y antiimperialista en su primera etapa. Esto fue y es todo un sacrilegio para el dogma trotskista de la “revolución permanente”. La errónea apreciación de esa fase de la revolución queda patentizada cuando los trotskistas afirman que la esencia del programa del Moncada era la democratización y la vuelta a la Constitución de 1940. Falso. Las cinco leyes que Fidel enuncia en su defensa “La historia me absolverá” tienen como núcleo la cuestión agraria, el poner límites a las grandes propiedades para mejorar la vida de los campesinos pobres, y en aumentar los ingresos de los trabajadores con una distribución de las ganacias de las empresas. Ahí apuntaba Fidel, a las masas campesinas y laboriosas, a las que quería poner en marcha como el “motor grande” del pueblo, mediante el “motor pequeño” del Movimiento 26 de Julio.

Y después de derrotar la agresión militar de abril de 1961, organizada por el imperialismo yanqui, recién entonces se proclamó la condición socialista de Cuba. Y ese socialismo se ha mantenido hasta hoy a pesar del impiadoso bloqueo norteamericano y las duras consecuencias de la caída de la Unión Soviética en 1991.

A propósito, los trotskistas argentinos le reprochan a Fidel haberse apoyado en la Unión Soviética, cuando ésta proveyó los 3 millones de toneladas anuales de petróleo que de golpe Estados Unidos se negó a refinar, como parte del bloqueo. ¿Estuvo mal que Cuba obtuviera ese apoyo moscovita? Estuvo muy bien en solicitarla y también la URSS en darle esa facilidad. Para los troscos, estuvieron mal. Claro, ellos no vivían en Cuba ni  tenían esas necesidades apremiantes de una isla bloqueada.

Jorge Altamira, del PO, también ha cuestionado a Fidel en forma artera y brutal. Conviene detenerse en un punto de sus veleidades cuando reivindica haber sido el primero a nivel mundial en prever la crisis y caída de la URSS, en presunta contraposición con Fidel. En el campamento de verano de la UJS en Ramallo, en febrero de 2016, Altamira se ufanó: “el Partido Obrero se destacó como el único, no en la Argentina, sino en el mundo, en mostrar con quince años de anticipación cómo se gestaba la restauración capitalista en China y en la Unión Soviética. Con qué instrumentos había que combatir esa restauración capitalista”.

Otra falsedad. En 1987, en su discurso al cumplirse los 20 años de la caída en combate del Che en Bolivia, Fidel Castro dijo a sus compatriotas que si un día se levantaban y resultaba que la URSS había caído,  Cuba iba a seguir existiendo y construyendo el socialismo. Para él no fue ninguna sorpresa la implosión de la URSS.

En cambio el miope de Altamira, cuando cayó el Muro de Berlín y era visible que se iba a desmoronar la URSS, calificó esos sucesos tan negativos de “revolución obrera”. Supuestamente venía algo mejor, revolucionario, un socialismo con democracia, en lugar del “estalinismo”. En ese marco de esos años ’90, el dirigente del PO se pronunció por la salida y renuncia de Fidel Castro, por la liquidación del “régimen burocrático de partido único”, por la fundación de otros partidos y sindicatos en Cuba, etc. Quedó a la vista lo que vino: una contrarrevolución con Ronald Reagan, George H. Bush, Margaret Thatcher, Juan Pablo II, el imperialismo, el capitalismo, el neoliberalismo, la CIA, las invasiones, la liquidación de conquistas sociales, los gobiernos ultrarreaccionarios en Europa oriental, etc.

Altamira tituló “Fidel Castro: esbozo de crítica a un legado” su artículo publicado en Télam y Prensa Obrera el 28 de noviembre de 2016.  También puso la crítica a Fidel por sobre cualquier otra consideración. De movida nomás sostuvo: “Fidel deja una herencia política contradictoria. De un lado, porque Cuba se encuentra empeñada en repetir la experiencia de restauración capitalista de China, en un lugar más inadecuado y en peores condiciones económicas internacionales”.

Para los trotskistas es un restaurador del capitalismo. Para la abrumadora mayoría de los 11 millones de cubanos y buena parte del mundo progresista, Fidel es sinónimo de socialismo.  El socialismo cubano es el régimen político obrero y popular que garantizó una sociedad muy justa e igualitaria, con elevado nivel cultural y educacional para las masas de la población, con medicina para todos, con vacunas y una mortalidad infantil del 4.2 por mil nacidos vivos y una mortalidad materna con mejores índices continentales, con internacionalismo y ayuda desinteresada a otros pueblos. La patria de José Martí hizo todo eso a pesar del bloqueo yanqui, calificado como genocidio; la mayoría de países ha votado 25 veces a favor de Cuba en la Asamblea General de la ONU.

Así lo valora la humanidad a Fidel, el mismo que en la Cumbre Eco-Río ’92 hizo un llamado a salvar el planeta y el hombre.

La dolorida despedida de millones de cubanos en estos días, acompañados de la congoja internacional y los gobiernos progresistas del mundo, reiteran lo obvio. Los cubanos son fidelistas y socialistas, por cultura política, afinidad, logros obtenidos, sentimientos, gratitud y dignidad, todo ello junto. En cambio los trotskistas, a miles de kilómetros y sin análisis concretos, sostienen que no hubo ni hay nada de socialismo, ni un ápice.

Desde su punto de vista, el imperialismo “admite” que en la mayor de las Antillas hay socialismo, cuando sigue tratando de socavar y vencer al gobierno cubano. Antes con Barack Obama con métodos más sibilinos y seguramente con Donald Trump en forma más fascista, lo cierto es que el imperialismo yanqui admite que Cuba es socialista y quiere destruirla.

En cambio para los trotskistas argentinos Cuba no lo es. Leyendo las declaraciones de Nicolás del Caño y Myriam Bregman del PTS, de Néstor Pitrola y Jorge Altamira del PO, de Juan Carlos Giordano de Izquierda Socialista (los tres partidos integrantes del FIT) y de Alejandro Bodart (MST) y Manuela Castañeira (Nuevo MAS), ellos lo califican como un país donde se ha restaurado el capitalismo por una burocracia estalinista con régimen de partido único. Y peor aún, consideran que allí hay que hacer una verdadera revolución contra “el castrismo”, un tema que seguramente sería de interés de Donald Trump y la CIA.

Altamira se mete en enredos teóricos porque en la citada conferencia de Ramallo admitió que en la isla se tomaron medidas económicas y políticas propias del socialismo. Pero no lo son, según él, porque para ser tales tendrían que haber sido decididas por una dirección obrera que Fidel no representó nunca, pues el suyo fue y es un “régimen bonapartista” como si arbitrara entre capas de la burguesía. Y añadió que tampoco expropió en el marco de la “revolución obrera mundial”, de la que Cuba tampoco sería parte, siempre según el dirigente del PO.

“El carácter de una revolución dirigida por la pequeña burguesía avanzada, que expropia al capital, debe ser colocado en términos condicionales. Su verdadera naturaleza va a ser determinada por el curso interior de la revolución”, pontificó en contra de quienes creen que la isla es socialista. A propósito, el directivo del PO fue disertante invitado en la exclusiva Universidad estadounidense de Harvard en marzo de 2015, cuando aseguró que él era más liberal que los liberales norteamericanos, menospreció también las expropiaciones de 3.000 empresas llevadas a cabo por Hugo Chávez.

En esa ocasión Altamira fue como precandidato presidencial del PO, posición que perdió luego a manos del novato trotskista Nicolás del Caño, que no debía haber leído ni “Historia de la revolución rusa” de su autor semimenchevique, o sea Trotsky.

Otro trotskista, Giordano (IS), directamente acusó a Chávez de hambrear al pueblo venezolano. Textualmente, sostuvo: “El chavismo mantuvo la estructura capitalista, creó las empresas mixtas en petróleo pactando con las multinacionales, como Chevron, Total o Repsol, fomentado una boliburguesía, criminalizando la protesta y hambreando al pueblo venezolano”.

Denigrando a Cuba, Bodart, del MST, concluyó así su declaración de prensa: “Lamentablemente, hoy Cuba vive una profunda crisis económica y su dirección política ha virado el rumbo hacia un acuerdo con los EEUU y la apertura capitalista de la isla, un camino que no compartimos y nos llena de tristeza”. Este dirigente estuvo coqueteando en 2014 con la idea de participar del MASCUBA de Argentina, a lo que el Partido de la Liberación (PL) se opuso de plano. Ese movimiento solidario es amplio, pero tiene un límite: sus integrantes deben adherir a la defensa de la revolución cubana, a su socialismo y a la dirección política de Fidel y Raúl Castro. Bodart quedó afuera, merecidamente, porque no compartía ninguna de esas tres definiciones básicas del MASCUBA.

 

El capital extranjero

Uno de los caballitos de batalla del trotskismo contra el liderazgo de Fidel y Raúl Castro es que en los últimos años propiciaron la inversión extranjera, como si ese fuera un horrible delito.

¿En qué manual del marxismo-leninismo está escrito que un pequeño país socialista, bloqueado, que viene de la pobreza y el poco desarrollo por la anteriior dependencia del imperialismo, una vez que se libera del mismo no puede atraer inversión extranjera, protegiendo su soberanía?

No hay tal manual, pero además los maestros fundadores -como Federico Engels- aclararon que “el marxismo no es un dogma sino una guía para la acción”.

La historia enseña que Lenin entre 1918 y 1921 aplicó la Nueva Política Económica (NEP) y favoreció acuerdos con empresas extranjeras y su radicación en la naciente URSS que había sido bloqueada y agredida por catorce potencias imperiales. En el socialismo soviético había entonces y varios años después todavía seguía habiendo distintos tipos de propiedad: estatal, privada, cooperativa, mixta y extranjera. Y eso estuvo bien, siendo la URSS un país atrasado dentro de los de economía capitalista, al momento del triunfo de la revolución. Si hasta 1930 tenía pocos miles de tractores. ¿Cómo iba a negarse a hacer negocios y tomar inversiones foráneas?

La gran diferencia es que la URSS de Lenin y Stalin, así como la Cuba de Fidel y Raúl, reciben capital extranjero pero con una economía de mayoría estatal y una dictadura democrático popular de la clase obrera. No son un gobierno de burgueses corruptos y entreguistas como Carlos Menem y Mauricio Macri, por ejemplo.

En el socialismo cubano hay preponderancia, que también existe en la China socialista de hoy, de las empresas estatales y bancos públicos, con la tierra como propiedad del Estado. Y si bien se abren ciertos renglones de la economía, hay otros que están vedados al capital de afuera, léase el área de la Defensa y otros considerados estratégicos.

En el VII Congreso del PCC, en abril pasado, Raúl Castro enfatizó que en Cuba socialista y soberana la propiedad de todo el pueblo sobre los principales medios de producción es y seguirá siendo la principal forma de propiedad y que constituye la base del poder real de los trabajadores.

Además, no hay que magnificar el tema de las inversiones extranjeras. Cuba las fomenta en energía, turismo y producción agroalimentaria. En ese mismo Congreso se puntualizó: “las inversiones extranjeras han registrado un modesto incremento, con unos 40 nuevos negocios desde la emisión de la nueva Ley de Inversión Extranjera en marzo de 2014 y los ingresos por este concepto en el pasado año se sitúan en un estimado de 350 millones de dólares”.

Para los trotskistas argentinos, en cambio, China y Cuba son países donde se restauró el capitalismo. En todo caso, para dar pie a una afirmación tan grave tendrían que demostrar no la existencia de tal o cual empresa extranjera, que como acabamos de mostrar no es un factor tan relevante ni definitorio, sino probar que el sistema político y militar ha cambiado a favor de la burguesía, perdiendo su naturaleza socialista. Esa contrarrevolución no ha ocurrido. Justamente las honras fúnebres a Fidel, con millones de cubanos en la calle y juramentados en su compromiso de apoyo a la revolución socialista, son demostrativas de que el trotskismo miente en forma descarada.

 

Fidel y Argentina

Juan Carlos Giordano declaró: “También en estos años Fidel y la conducción cubana avalaron los falsos ‘gobiernos progresistas’ de Lula y Dilma en Brasil, Evo Morales y los Kirchner que aplicaron ajustes contra sus pueblos. Y al interior de Cuba, se fueron liquidando con el paso de los años las conquistas de la revolución”.

Ya refutamos que se fueran liquidando en la isla las conquistas de la revolución. Ahora analizaremos el resto de las afirmaciones del trotskista (IS-FIT), con énfasis en Argentina. Es poco serio poner en pie de igualdad a Evo Morales, que nacionalizó los hidrocarburos en mayo de 2006, apenas asumido, con el gobierno de Lula, que protegió a Petrobras frente a esas expropiaciones en Bolivia.

Por supuesto que Cuba tomó nota positiva de los cambios comenzados en Argentina en mayo de 2003 con Néstor Kirchner. El clima de reformas que se avecinaba pudo ser palpado por Fidel porque estuvo de visita y habló en las escalinatas de la Facultad de Derecho de la UBA ante decenas de miles de personas. Obviamente los trotskistas no fueron a escucharlo…

Esa apreciación favorable del comandante tenia que ver con la comparación que él hacía respecto a los gobiernos anteriores de Menem y De la Rúa, al que en 2000 llamó “lamebotas yanqui”. ¿Cómo no iba a establecer diferencias y simpatías con el ciclo kirchnerista abierto en 2003 y seguido en 2007 por Cristina Fernández de Kirchner? Esos gobiernos K no fueron de ajuste, como miente Giordano. Fueron de cambios positivos, bien que limitados por la condición de clase gran burguesa nacional de los Kirchner.

La postura del gobierno de Argentina, que junto a los de Venezuela y Brasil tiraron abajo el proyecto yanqui del ALCA en Mar del Plata, reafirmó esa táctica amistosa de Fidel con los Kirchner. Y eso luego avanzó más, hacia la formación de la Unasur y formalmente en 2012 de la CELAC, donde Argentina tuvo un buen papel.

En cambio los críticos trotskistas de Fidel fueron capaces de hacerle cinco paros generales al gobierno de CFK siendo furgones de cola de la burocracia sindical más podrida y pro-capitalista. Ellos, los puros del obrerismo, estuvieron al servicio de “los Gordos” de las CGT, operando para debilitar al gobierno de Cristina y pavimentar el camino que llevaba a Macri y el PRO a la Casa Rosada.

Nicolás del Caño, puesto ante el balotaje de noviembre de 2015, dijo que tanto Macri como Scioli eran lo mismo y llamó a votar en blanco. Altamira no lo hubiera hecho mejor porque venía de no apoyar la ley de medios n° 26.522 con el argumento de que el monopolio Clarín era igual que el monopolio K, e incluso que el monopolio estatal es peor que el privado, o sea que Clarín de Héctor Magnetto era “el mal menor”.

El PL apoyó en forma crítica muchas de las buenas gestiones de los doce años transcurridos entre 2003 y 2015, sobre todo en Derechos Humanos, inclusión social, ley de medios y la integración latinoamericana.

Y en algunos puntos el PL fue crítico de Kirchner y Cristina, y en cambio los troscos tuvieron una rara coincidencia en un caso con ellos. Fue a raíz del planteo del entonces presidente Kirchner y su canciller Rafael Bielsa, con el apoyo de CFK, de inmiscuirse en los asuntos internos de Cuba y presionar a Fidel para que la gusana médica Hilda Molina pudiera venir a vivir a la Argentina. Eso ocurrió en 2006 y casi frustra la venida del comandante como invitado a la cumbre del Mercosur en Córdoba en julio de ese año. Cuando finalizó el acto en el campus de la Ciudad Universitaria donde habían hablado Fidel y Chávez, recogí un volante del piso de un partido trotskista que reclamaba a Cuba y le exigía dejar salir a la ex médica como si su caso la isla estuviera violando los derechos humanos.

Fue una extraña coincidencia entre el trotskismo local y Kirchner-Cristina. Ya se sabe qué nefasto papel cumplió Molina (alias “abuelita de Heidi”) en Argentina y su delincuente hijo Roberto Quiñones, atacando a Cuba en presentaciones de libros anticubanos y conferencias ultra gusanas con CADAL, el sello de la embajada yanqui y fundaciones alemanas en Buenos Aires.

Aunque el trotskismo haya hecho de la crítica despiadada contra Cristina Fernández de Kirchner una de sus prédicas fundamentales, eso no quita que -paradojalmente- la entonces presidenta coincidió parcialmente con los trotskistas a propósito de Stalin. En el diario Página/12 del 31 de agosto de 2012 leemos: “Hay cierta dirigencia del país que siempre criticó a los regímenes totalitarios, pero hoy tiene prácticas similares al stalinismo que espiaba a la gente y fomentaba la denuncia contra el otro”. Lo dijo Cristina en Concordia al poner en uso cuatro tramos de la Autovía Mesopotámica.

 

El “partido único”

La crítica al “partido único” es otro de los cargos que hace la cúpula trotskista a Fidel; en otros temas están muy divididos, pero en esta campaña contra el PCC se unifican como nunca.

La teoría marxista, que no es dogma, siempre planteó la necesidad de un gobierno revolucionario dirigido por la clase obrera a través de su partido de clase y de vanguardia, una organización comunista. Eso está justificado a través de la historia, por los muchos reveses y fracasos revolucionarios en el mundo antes o después de la toma del poder, por la inexistencia de ese partido o bien por su degeneración. La Generación del ’70 en la Argentina, entre muchos otros factores de su derrota en 1976, padeció de esa carencia. Y aún países que habían logrado la victoria socialista, como la URSS, terminaron derrumbándose bajo el empuje de las campañas imperialistas pero también por la degeneración revisionista que empezó con Nikita Kruschev y tuvo su punto más alto con Mijail Gorbachov y su “perestroika” y “glasnot”.

En esto también el trotskismo orina fuera del tarro. Acusa de la degeneración de la URSS al stalinismo, cuando los hechos prueban que ese proceso tuvo luz verde luego de la muerte de José Stalin en marzo de 1953, o sea con los kruschovistas que a partir del XX Congreso del PCUS en 1956 hicieron liquidacionismo de ese período socialista dirigido por aquel gran revolucionario, aún con algunos errores serios que cometió. Para los troscos, en cambio, Stalin tiene la culpa de todo, de la derrota en España, de los fracasos iniciales de la revolución china (1927), de la falta de revolución en Francia e Italia tras el fin de la II Guerra Mundial, etc. Del mismo modo hoy Fidel tendría la culpa del golpe pinochetista en Chile en 1973 y de “derrotas” que no son tales en Venezuela, Nicaragua y otros interesantes procesos latinoamericanos que avanzaron con el ALBA (diciembre de 2004).

Eso sí, de las victorias populares que tanto tuvieron que ver con la ayuda cubana, como en Angola y Sudáfrica, de eso no dicen nada estos canallas. Nelson Mandela fue a Cuba a agradecer la ayuda prestada para la derrota de los racistas sudafricanos en la batalla de Cuito Cuanavale, para liquidar el apartheid, y cómo eso incidió para su propia libertad.

En Haití ha sido tanta la ayuda cubana, sobre todo en misiones médicas, que según el amigo haitiano Henry Boisrolin, del Comité Democrático Haitiano, en el pueblo de ese país se dice: “después de Dios, los médicos cubanos”.

Chávez, Correa, Morales y Ortega, entre otros líderes antiimperialistas de nuestra América, siempre expresaron agradecimiento  con Fidel y lo consideraron su padre. Para Altamira y émulos, el líder cubano sería un verdugo y un padre abandónico.

En varios países socialistas como la URSS y China hubo un partido mayor, sino único, en el PC, como fundador del socialismo; también en Vietnam con el liderazgo de Ho Chi minh y Albania con Enver Hoxha. Otros partidos democráticos tienen su lugar en consejos asesores de China, pero no dirigen el Estado y eso tuvo que ver con la historia, las correlaciones de fuerzas y el rol de cada agrupación en la lucha revolucionaria primero y la construcción del socialismo después.

Los trotskistas no hicieron la revolución en ningún país y desde un altillo pedante y dogmático juzgan a las revoluciones reales y sus partidos dirigentes. Pues que hagan una revolución y construyan varios partidos, si les parece mejor. En tal caso seguramente estallarían mil disputas entre ellos, como la crisis de un año que paralizó al FIT hasta el reciente acto en Atlanta, según dijo el Partido Obrero en reproche al PTS.

Además de la teoría marxista y por encima de ella, en el caso cubano el partido único tiene que ver con la doctrina y práctica de la revolución anticolonialista encabezada por el héroe nacional José Martí. Él creó el Partido Revolucionario Cubano y encareció en 1892 la importancia de contar con un solo partido, para evitar las divisiones en la lucha contra la dominación española. Y eso fue retomado por Fidel y sus compañeros del M-26 de Julio, que luego del triunfo de la revolución se unieron a otros sectores en las ORI, Organizaciones Revolucionarias Integradas, más tarde convertidas en el PURS, Partido Unido de la Revolución Socialista y desde 1965 en el Partido Comunista Cubano.

En el VII Congreso de ese partido, en abril pasado, Raúl lo volvió a explicar: “tenemos un Partido único, que representa y garantiza la unidad, arma con la que se ha contado siempre para defender la obra de la Revolución. Por ello no es nada casual que se nos ataque desde casi todas las partes del planeta para debilitarnos en varios partidos en nombre de la democracia burguesa”.

Entre esos ataques, sobre todo imperialistas, también participan los grupos trotskistas que cuestionan al sistema de “partido único”.

Importa subrayar que ese PCC tiene una relación muy estrecha con las masas cubanas, afiliadas y no afiliadas a la organización y a la Unión de Jóvenes Comunistas, como se demuestra en las consultas y reformas con que se elaboraron los 313  “Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución” que orientaron el VI Congreso del PCC en el 2011 y que se convirtieron en 274 en el VII Congreso en 2016, luego de cumplirse muchos de ellos y reformularse otros, teniendo en cuenta las opiniones de las bases populares y los mil delegados al evento partidario.      Importa subrayar que el Partido cubano no propone candidatos sino que los propios ciudadanos lo hacen en sus asambleas barriales, desde abajo hacia arriba, y luego en las urnas se eligen a los diputados o delegados del poder local, provincial y la Asamblea Nacional del Poder Popular.

La crítica trotskista al partido único de los cubanos tiene un notable parecido, palabras al margen, con la descalificación que hace el imperialismo norteamericano de “la dictadura de los Castro”. Por eso alertamos contra su condición de funcionales al imperialismo, incluso ahora con Trump.

Es al revés de lo que opinan esos enemigos de Cuba. Fidel Castro y el PCC fueron factores decisivos para mantener durante 57 años la revolución cubana, en pugna con el bloqueo de una superpotencia a 90 millas de sus costas. Si tras la caída del bloque socialista en el Este no cayó también la isla fue, entre otros elementos importantes, porque estaban el comandante en jefe y el Partido, que educaron a su pueblo en los valores del socialismo. ¿Qué hubiera pasado si en el durísimo período especial de los años ’90, con tantas carencias y pérdida repentina del 30 por ciento del PBI, no hubieran estado ambos factores? Por suerte estaban allí, alertas contra la “perestroika” y la restauración del capitalismo, y Cuba siguió su camino socialista.

Defender fervorosamente el legado socialista de Cuba y Fidel no significa negar que allí se hayan cometido errores. Hubo cierto voluntarismo en planes económicos que no se cumplieron como la zafra de los 10 millones de toneladas (hoy la zafra es de 1.9 millones de toneladas, no de la mitad de esta cifra como mintió Giordano). Se promovieron focos guerrilleros en los ’60 que no encajaron con la lucha de las masas. Hubo demasiada relación con la URSS y quizás por eso se mantuvo el monocultivo y se descuidó la construcción de una industria propia. El socialismo tuvo desviaciones igualitaristas que desembocaron en poca productividad e indisciplina laboral. Hubo varios casos de corrupción gubernamental, aunque en la mayoría de los casos se los enjuició y castigó, etc.

Fidel fue un gran estadista, pero no era perfecto. Para dar un solo ejemplo, en 2010 pronosticó que comenzaría la Tercera Guerra Mundial durante el campeonato mundial de fútbol en Sudáfrica, afirmación que me atreví a contradecir. “Coincidimos con Fidel en que el peligro de guerra imperialista es real y mayor que antes. Modestamente no creemos que vaya a comenzar el 11 de julio de 2010. El riesgo debe servir para poner en marcha a los trabajadores y pueblos en la formación de un ancho movimiento en defensa de la paz mundial, en especial en defensa de Irán y Corea del Norte, enlazando a la causa de la paz con todas las reivindicaciones obreras y populares contra la crisis capitalista e imperialista”, firmé mi nota en LIBERACIÓN N° 261 de julio de 2010. Unas líneas antes, yo había puntualizado: “el estadista cubano predijo que la agresión se iniciaría en Corea y luego cambió por Irán. Predijo que la guerra comenzaría con los cuartos de final de fútbol en Sudáfrica y eso no ocurrió”.

Nadie es perfecto. Pero Fidel Castro tuvo razón en el 98 por ciento de las afirmaciones que hizo y, lo que es más importante, que llevó a la práctica, poniendo el cuerpo y la cara ante su pueblo y los demás pueblos del mundo.

Por eso indigna que quienes nunca hicieron una revolución, como los trotskistas, y en particular sus sectas argentinas, lo cuestionaran desde un pedestal que nunca construyeron con militancia. Para poner un ejemplo: Giordano y Bodart, y sus partidos IS y MST, igual que el PCR, apoyaron el lock out patronal sojero y destituyente en 2008 de la Sociedad Rural oligárquica contra el gobierno democrático de Cristina Fernández de Kirchner. ¿Ellos se atreven a enjuiciar el valor revolucionario de Fidel?

El Partido de la Liberación (PL) defiende el legado y ejemplo revolucionario de Fidel, e inclina sus banderas de lucha en homenaje a tan grande líder comunista de Cuba, la región y el mundo. Esa defensa incluye la protección del legado marxista-leninista de Fidel y la verdad revolucionaria, frente a las calumnias del trotskismo, que fue una corriente degenerada del marxismo a finales de los años ’20 del siglo pasado y luego se convirtió en una fuerza contrarrevolucionaria. Lo que han dicho y hecho contra Fidel en estos años y en estos días comprueban que nuestra acusación es cierta.

Denigrar a un revolucionario es algo muy grave. Hacerlo con un revolucionario que acaba de morir es aún más deleznable. Y reiterarlo, cuando millones de cubanos y de seres humanos del mundo aún lo estamos llorando, es una coincidencia objetiva con la gusanería de Miami a la que, dicho sea de paso, la mayoría de los trotskistas no ha condenado pese a su obsceno festejo de “viva la muerte”.

 

SERGIO ORTIZ

Secretario General del Partido de la Liberación (PL) de Argentina

www.partidoliberacion.org

1 de diciembre de 2016

 

 

Mostrar más

Sergio Ortiz

Sergio empezó a militar en Vanguardia Comunista (actual Partido de la Liberación) en 1968, previo al Cordobazo. Fue dirigente estudiantil en los '70 y desde 1990 es el Secretario General del PL. Es periodista, hincha de River e integra la Coordinación Nacional del Movimiento Argentino de Solidaridad con Cuba (MASCuba).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.