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2017, ¿año electoral o año de lucha de calles?

En octubre habrá elecciones legislativas y ya hay reclamos populares callejeros. Nuestra pregunta apunta a saber adónde hay que poner el énfasis: cuál de los dos factores será el decisivo y cuál el secundario, importante pero no tanto en la lucha de clases.

Una circunstancia ayuda a responder aquel interrogante. Y es que, aún con un resultado electoral adverso, a Mauricio Macri y su gobierno de ejecutivos de empresas monopólicas les quedarían aún dos años más para seguir triturando a los sectores obreros y populares. No cambiará el gobierno según los resultados de octubre, sino la composición de las cámaras legislativas, en el mejor de los casos.

Y el principal drama del pueblo deviene del gobierno que soporta desde diciembre de 2015. Y si no se lo derrota en las calles, con varias rebeliones populares, paros combativos y un Argentinazo, como el de diciembre de 2001 que echó a De la Rúa, el actual presidente del ajuste, la entrega y la represión podrá seguir verdugueándonos otros dos años.

Cada ley que la seudo oposición de Massa, Bossio, Pichetto y una buena parte del PJ, incluso varios kirchneristas le regalaron a Macri –como las de Presupuesto, el blanqueo y el pago a los fondos buitres- le permitió acelerar su plan de pobreza, endeudamiento y tarifazos. Y el resultado está a la vista con la brutal recesión, caída del consumo, elevada inflación y desempleo galopante.

Esa “oposición” hizo esos deberes en nombre de la “gobernabilidad”, de un supuesto respeto a las reglas de la democracia y de actuar como una “oposición constructiva”, que apoyaba los aspectos supuestamente positivos del PRO-Cambiemos. Los resultados fueron desastrosos.

Por ejemplo, la cúpula de la CGT anunció un paro para la segunda quincena de marzo. En la práctica le concedió a Macri una tregua de casi 15 meses. ¿Qué pasó en el medio? Pérdida del 10 por ciento en el salario, inflación del 42 por ciento, tarifazos del 500 por ciento en las tarifas eléctricas y del gas, y 400.000 despidos según el cegetista Schmid.

No es cuestión de recargar todas las culpas en la podrida burocracia sindical, la que posaba de combativa contra Cristina, con el acompañamiento vergonzoso del trotskismo, cuando el Pollo Sobrero y Pitrola iban detrás de Moyano y Barrionuevo. Junto con ella y por encima suyo están los políticos como Massa y los industriales de la UIA que ganan millones de dólares con el gobierno y buscan su continuación, aun sugiriendo cambios menores.

Como hay calentura de las bases, la CGT simula un cambio y anunció un paro que veremos si se cumple. Y como hay inconformismo de buena parte de la población, como marcan las encuestas, Massa ahora pone cierta distancia con el gobierno que antes apoyó y aún apoya en líneas centrales. Es que hay elecciones y quiere sacar patente opositora y ganar votos, de cara a las presidenciales de 2019. Le importan un carajo los intereses populares; por eso Massa no pide por la libertad de Milagro Sala y apoya la baja de imputabilidad a los menores de 14 años. Su obsesión es el poder y no le hace asco a ir a Washington a la asunción del fascista Donald Trump, como viejo amigo de USA que es.

 

FUERZA PROPIA

Decir esas verdades no convierte al PL en un partido que no advierta la importancia de aprovechar las fisuras que van abriéndose en el seno de las clases dominantes. Sobre todo surgen en un año electoral y en medio de un decaimiento y fricciones dentro del gobierno de Macri, como lo evidencian las renuncias y/o rajes de Costantini, Prat Gay, Melconián y otros.

Existen esas contradicciones internas del gobierno, y hay otras entre éste y la “oposición” que tanto lo ayudó en su primer año. Y todas tienen que ser utilizadas por el campo popular. Somos maoístas hasta la médula y sabemos que hay que aislar al enemigo principal para poder golpearlo más fuerte hasta que caiga. Y lo reiteramos: nuestro enemigo fundamental es Macri. Lo es a tal punto que no queremos esperar cuatro años para que la movilización obrera y popular lo derrote y lo saque a patadas en el culo.

Son los sectores populares los que tienen que tomar la iniciativa de la unidad y la movilización callejera. Un buen ejemplo es la unidad de las dos CTA y la coordinación de conflictos con la Corriente Federal. Muy bien también los organismos de DD HH que reaccionaron juntos en defensa del 24 de marzo como día de la Memoria, y en contra de Gómez Centurión y la nominación de De Casas para integrar la CIDH. Otro tanto con la diversidad de mujeres que plantean un paro el 8 de marzo por sus reivindicaciones más importantes.

Son los partidos políticos los retrasados en la construcción de un frente antiimperialista. Algunos por andar juntando sus fichas de afiliación como tarea central. Otros por aguardar más de la cuenta lo que diga la ex presidenta. Otros por apostar a una unidad más amplia con todo el PJ. Y en casi todos los casos por mezquinos cálculos electoralistas, incapaces de ver que los comicios de octubre tienen su valor, pero nada puede ser más importante que la lucha de calles y la creación de la fuerza antiimperialista. Incluso esto es decisivo para tener después una lista de candidatos que se pueda votar con alegría militante y sin tener que apretarse la nariz.

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