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Otra importante victoria de Cuba en la ONU contra el bloqueo

Una vez más, el 1 de noviembre pasado, en la 72° Asamblea General de las Naciones Unidas, la comunidad internacional votó de manera abrumadora por el levantamiento del bloqueo estadounidense a Cuba (2 en contra, 191 a favor, 0 ausencia y 0 abstención). Los 2 votos en contra fueron de EE. UU. e Israel. De hecho, no sólo se trata de una derrota de la diplomacia estadounidense, sino también un reconocimiento a la posición digna de Cuba, de la fortaleza de su revolución socialista. Esta votación expresa que la comunidad internacional demostró sin ambigüedad, -por lo menos, en este asunto- su absoluto apoyo y solidaridad a la isla rebelde. Un apoyo importante, si se recuerda que Cuba ha sido víctima desde la aplicación en febrero de 1962 de ese bloqueo total como así también de otras políticas agresivas de doce administraciones norteamericanas en sus intentos por destruir a la revolución cubana, sin olvidar la invasión mercenaria de abril de 1961.

EE UU e Israel demostraron al mundo su desprecio y arrogancia al seguir en un camino que el mundo entero condena por estar fuera de toda norma legal internacional. Y si se tiene en cuenta las nefastas consecuencias de tal medida arbitraria sobre la vida de los cubanos en cuanto a pérdidas de vidas humanas, es un delito de genocidio. En cuanto a los daños económicos, entre abril de 2016 y junio del presente año los daños fueron de 4.305 millones de dólares. Si se toma en cuenta esos daños desde 1962, bajo el gobierno de J. F. Kennedy, Cuba perdió 130.178 millones de dólares, cifra que aumentaría a 822.280 millones si se cuenta la depreciación de la moneda norteamericana frente a oro.

En un mundo dominado por las revoluciones producidas en las comunicaciones donde Internet desempeña un papel fundamental, ese criminal bloqueo provoca daños catastróficos a las empresas estatales cubanas por 60 millones de dólares solamente para 2016. Esto es así, porque el gobierno yanqui, apoyándose en el llamado “embargo” a Cuba, un eufemismo que emplea para designar el bloqueo, no permite que Cuba pueda comprar equipos y servicios modernos para mejorar su sistema de conexión.

El odio y la ceguera política del imperialismo norteamericano son de tal amplitud que no le importa que empresas estadounidenses se pierden oportunidades para hacer negocios muy rentables en Cuba. Al actual gobierno de Donald Trump tampoco le importa la apertura de delegaciones diplomáticas entre ambos países bajo el gobierno de Obama y que el año pasado los EE UU e Israel no habían votado en contra de la moción cubana que exige cada año desde 1992 el levantamiento del bloqueo: se habían abstenido. Además, hasta ahora, los norteamericanos no pueden viajar libremente a Cuba. Tienen que inventar toda una serie de artilugios para poder visitar a sus familiares en la isla. De ahí, no se puede hablar de relaciones normales y de respeto.

Algo muy lejos de concretarse, pues el propio presidente cubano, Raúl Castro, aclaró lo que ha de producirse para una normalización completa de las relaciones. Las condiciones son el cese incondicional del bloqueo, la devolución del territorio de Guantánamo usurpado y ocupado ilegalmente por los EE.UU., el fin desde territorio norteamericano de las transmisiones radiales y televisivas ilegales y agresivas contra Cuba, y un resarcimiento por los enromes daños humanos y económicos provocados a los cubanos por el bloqueo y otras medidas agresivas. Demandas totalmente justas, pero con un reaccionario de la calaña de Trump en la Casa Blanca y un Congreso dominado por esa misma especie, es ilusión pensar en algún tipo de respuesta satisfactoria. Y los cubanos lo saben, por eso apuestan a seguir profundizando su socialismo, cambiando lo que ellos consideran necesario cambiar para hacerlo sustentable y más próspero. Además, saben que la razón y la justicia están de su lado, y que Cuba sigue siendo un faro que ilumina las luchas en el mundo en contra del imperialismo y toda forma de dominación.

                                                                                        HENRY BOISROLIN

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